
Un curioso fenómeno generacional se registra cada domingo en mi hogar. Mientras yo me arrastro por las baldosas de la cocina, intentando recuperar mi primigenia forma humana, buscando desesperadamente que mis piernas y mi cerebro funcionen, mi madre recorre la casa como si le hubiesen hecho un regalo de cumpleaños.
Feliz como un gorrión en libertad, se dedica a arreglar aquel ficus olvidado que crece en el fondo, a leer algún oscuro libro, a acomodar sus planillas o tomar un café con amigas. El domingo actúa sobre su química mental-corporal de una manera diametralmente opuesta a la que me afecta cada Día Del Señor.
Madre: ¿Adonde vas?
Yo: Y, me voy por ahí, no se. A cualquier lado con tal de huir del domingo en casa.
M: Ooooh, ¿porque? ¿Que tiene de malo el domingo? Es una maravilla!
Y: El domingo es terrible, mamá, es el día de la muerte. Uno se levanta y ya siente el peso del cuerpo como un ancla, la tristeza que se asienta en los hombros.
M: No seas exagerado! El domingo es fantástico, uno no tiene nada que hacer, se puede levantar tarde, se dedica a lo que quiere todo el día sin tener que responder a nadie.
Y: JUSTAMENTE! Uno no tiene nada que hacer, comienza a pensar, se acuerda de las cosas horribles que hizo el fin de semana y se imagina las peores que hará en el futuro. Es una ley natural, como las mareas, todos nosotros nos deprimimos el domingo.
M: Ustedes porque se dan manija entre si! Tus amigos y vos se hacen la cabeza con que el domingo es triste solamente para tener otra excusa para verse.
Y: Ummm, no, no, no creo. Yo lo siento como algo natural, te digo, me levanto y ya mi cuerpo y mi mente
saben que es domingo. El lunes a la mañana ya puedo estar optimista y feliz, pero el domingo a la tarde es la muerte.
M: Pffff…
Yo no se que es peor, si la sensación palpable que nos aqueja cada domingo, que ya quisiera que una junta de médicos prestigiosos y mundiales decida que es una aflicción con nombre científico, o la sensación de que el domingo es la liberación, el único espacio propio de la semana, la tranquilidad antes y luego de la tormenta.
De aceptar esta última idea, los domingos se trasmutan para terminar siendo lo mismo de siempre: un espacio gris, vacío, interminablemente igual. Yo no se que ventaja esconde esperar ese momento.
Se parece más a desear con ansias la llegada del desierto que a encontrar un oasis.